Del caos de las pasiones a la paz de Cristo. (Mt. 8.28-34)

Breve reflexión sobre el evangelio de este domingo, dentro de la Iglesia Ortodoxa, sobre el endemoniado de Geraso.

Compartimos así la homilía de este domingo sobre el Evangelio del endemoniado geraseno:
Hemos escuchado el relato del evangelio de hoy y nos hemos de quedar con el profundo mensaje de su contenido.
El Evangelio de hoy nos sitúa ante el abismo del sufrimiento humano y la majestuosidad de la misericordia divina.
A la luz de los Santos Padres, descubrimos cómo el Maestro cruza nuestras tormentas interiores para expulsar la «Legión» de nuestros pensamientos, nuestra multitud egoica y devolvernos la verdadera quietud del corazón (hesiquía).
Nos encontramos en la región de los gerasenos, un territorio pagano, un lugar espiritualmente árido que simboliza el alejamiento de Dios. Allí, un hombre creado a imagen y semejanza de Dios no habita en una casa, sino en los sepulcros; no viste ropas, está desnudo, encadenado y desgarrado por una legión de demonios.
Para la teología ortodoxa, esta escena no es solo un hecho histórico, sino un espejo de la condición humana cuando se aparta de la Fuente de la Vida.
Los sepulcros representan la muerte espiritual; las cadenas, el dominio de los vicios; y la desnudez, la pérdida de la túnica bautismal de la gracia.
Los demonios, cuyo nombre es «Legión», porque son la multitud de demonios que cargamos dentro, representan la fragmentación del alma humana rota por el pecado.
Al ver a Jesús, las fuerzas de la oscuridad tiemblan y ruegan no ser enviadas al abismo, pidiendo en su lugar entrar en una piara de cerdos.
Los Santos Padres nos enseñan un misterio profundo en este detalle: los demonios no tienen poder absoluto, necesitan permiso incluso para entrar en unos animales.
Los cerdos, que la ley consideraba inmundos, representan la vida puramente carnal, las pasiones bajas y el apego material. Cuando el ser humano vive esclavo de sus apetitos carnales y de su egoísmo, se vuelve semejante a estos animales.
El destino de la piara es trágico y revelador: se precipitan al mar y se ahogan. Este es el fin natural de toda pasión descontrolada; el mal no construye, solo destruye, arrastrando hacia el caos y la muerte a todo lo que posee.
Sin embargo, el final del relato nos devuelve la esperanza. Aquel hombre que antes causaba terror, ahora se encuentra sentado a los pies del Maestro, vestido y en su sano juicio. Ha recuperado la nepsis, la sobriedad espiritual, la quietud interior (el hesycasmo), que se produce cuando Cristo expulsa el desorden de nuestro corazón. Su alma ha sido integrada y sanada por la energía increada del amor de Dios.
El milagro de Gerasa se repite en cada domingo en cada Divina Liturgia y en cada misterio de la Confesión. Cristo viene hoy a nuestra propia región de sombras para preguntarnos: ¿Cuál es tu nombre?, invitándonos a reconocer nuestras divisiones internas.
No temamos entregarle nuestros sepulcros y nuestras cadenas. Dejemos que Él ahogue nuestras pasiones en el mar de su inmensa misericordia, para que también nosotros podamos sentarnos a sus pies, revestidos de su Luz, y regresar a nuestros hogares a testificar, como el geraseno ya sano, las grandes cosas que el Señor ha hecho por nosotros.
Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo, sea con todos vosotros. Amén.

Padre Dámaso


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